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Arder en el teatro, con Mouawad

Presenciar Incendios, de Wajdi Mouawad, es arder en el teatro. Y también ser un diluvio, todo a la vez.

Este dramaturgo nació en Líbano y se exilió en Canadá a los 8 años a causa de la guerra. Sus textos reflejan el dolor que arrastra en su biografía y son poesía pura, en eso recuerda al mismísimo Lorca. Pero a su vez, en su obra se vive la tragedia griega, trasladada al mundo actual, y cercana por tanto de un modo cortante, como el filo de un cuchillo, al espectador.

En Incendios, tras años de silencio, una mujer al morir deja un encargo inquietante a sus hijos: deben seguir las pistas que van a conducirles a descubrir la verdad sobre su madre y sobre sí mismos. Una verdad terrible, digna de la más terrible de las tragedias griegas. Incendios forma parte de una trilogía, escrita originalmente en francés: Littoral, Incendies y Fôrets, de once horas de duración en total.

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Pero lo esencial es cómo se cuenta la historia. Mouawad conmueve con el fondo y con la forma, solapando escenas de un modo novedoso y envolvente, donde no hay cabida para perder el hilo del relato ni para bajar un ápice la tensión narrativa. Los protagonistas de una escena comparten espacio con los de la siguiente: en una sola escena simultanea épocas y lugares, resolviendo varias escenas en una, logrando una flexibilidad narrativa sutil y fascinante.

En esta producción del teatro la Abadía, que tuve la suerte de presenciar en el teatro Gayarre de Pamplona, Nawal fue interpretada por Nuria Espert, quien estuvo rodeada por un elenco de actores de la talla de Ramón Barea, Laia Marull, Carlota Olcina, Alex García o Lucía Barrado, a la altura del texto dramático, todos ellos bajo la dirección de Mario Gas.

Arder en el teatro y ser el diluvio a la vez…

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Moguer, la luz con el tiempo dentro

Moguer, el pueblo natal de Juan Ramón Jiménez, acoge desde hace 18 años el festival de poesía comprometida Voces del extremo.  Las calles luminosas del pueblo onubense se llenan de poetas a todas horas.

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Recitando Ausencia, con Pablo Müller.

Por la mañana, ocupan las plazas y acto seguido, recitan en la casa donde nació el poeta. Por la tarde, se trasladan a la Fundación que el pueblo dedicó a Zenobia Camprubí y Juan Ramón, y los recitales continúan en su espléndido patio andaluz, lleno de enredaderas, versos pintados en los azulejos, lavadero y hasta burrito de bronce a escala real. Y al atardecer, salen de nuevo a la calle. Tras la cena, continúan alzando sus voces en la peña flamenca, precedidos a veces de un conciertos o una performance.

Este mes de julio, he tenido la suerte de participar, compartiendo mis versos en el patio de la Fundación, en un momento irrepetible, junto con María Cano, y acompañada en el poema Ausencia por el poeta bilbaíno Pablo Müller.


Fue el 28 de julio, el segundo día del festival, cuando irrumpió en el patio el mismísimo Platero, que todos los años aparece en algún momento inesperado, ante las sonrisas cómplices de los veteranos, y especialmente, la de su organizador, Antonio Orihuela, poeta también natural de Moguer, y artífice de tantas maravillas y tanta magia condensadas a lo largo de cuatro días. De hecho, un rebuzno de Platero dio inicio a nuestra aportación al festival, dándonos a su manera la bienvenida.


Moguer está plagado de homenajes de lo más hermosos al Nobel de Literatura. En la oficina de turismo local, se entrega al visitante el Pasaporte Platero, y en cada atracción turística que aparece en él, se puede solicitar el sello de un burrito. Al alcanzar los 100 puntos, el premio es una edición de Platero y yo. Además hay una colección de esculturas por todo el pueblo con personajes del libro, y azulejos con citas del poeta en cada rincón. Todas las personas nos atendieron en la Fundación, la Casa Natal y el Archivo con una complicidad y un amor por Juan Ramón y por la poesía que no olvidaremos.


Vaciarse para poder crear

El Cultural de El País, en su sección Buena vida, publicó hace unos meses un interesante artículo que señala la necesidad de la soledad y la introspección para poder crear. Os invito a leerlo: http://elpais.com/elpais/2015/01/29/buenavida/1422546931_773159.html

El artículo cita al filósofo chino Byung-Chul Han, autor de La sociedad del cansancio, quien insiste en la necesidad de recuperar la capacidad contemplativa para compensar los destructivos efectos de la hiperactividad que caracteriza nuestro tiempo. Solo tolerando el vacío seremos capaces de desarrollar algo nuevo y de desintoxicarnos de un mundo marcado por la sobrecarga informativa.

Toda aquella persona que dedique tiempo a crear arte, o ideas nuevas de cualquier tipo, sabe bien que sin silencio y soledad, crear algo nuevo, simplemente no es posible.

La filosofía oriental lo afirmaba ya hace muchos siglos. El Tao te ching, obra clásica de la filosofía china, cuya escritura se sitúa en el s. VI a. C., gira en torno al vacío como principio de todas las cosas. Y esto se refleja en el arte antiguo no solo chino sino también japonés, que ha bebido de las mismas fuentes. Así lo refleja esta cita del pintor chino del siglo XIX Huang Binhong: “Poner un punto es sembrar una semilla; ésta debe crecer y devenir… aun para hacer un punto, conviene que haya vacío en lo lleno. Sólo entonces el punto se torna viviente, como animado por el espíritu (…). Partir de lo claro y de lo tangible para llegar al estallido del vacío”.

Por su parte, el escultor Jorge Oteiza dio un espacio central en su pensamiento al vacío y a “la presencia de la ausencia”, asimilando la concepción de la filosofía oriental, para la cuál es más importante el no-ser que el ser. En el arte, esto se traduce en la necesidad de vaciarse en el proceso de creación, para poder generar algo nuevo.

Más abajo comparto una serie de citas de poetas que han asumido también la importancia y el poder del vacío y sus distintas formas, como el silencio o la soledad.

“La noche sosegada
en par de los levantes del aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora.”
San Juan de la Cruz, Cántico espiritual

“Y todas las cosas para llegar a ser se miran en el vacío espejo de su nada.”
José Ángel Valente, Fragmentos de un libro futuro

“Adéntrate en la desnuda festividad del silencio,y amanece,
amanece de nuevo sobre el vértice de la infancia.”
Julia Otxoa, Al calor de un lápiz

“El tiempo pasa y mi voz se hace otra
conforme me vacío.
Si consigo vaciarme del todo, permitir paso al aire,
sonará la que soy, podré reconocerme.”
Maite Pérez Larumbe, Precariedad y persistencia


Proust, explorador de lo invisible

Hoy he terminado mi primera lectura de Marcel Proust. Se trata de la novela Por el camino de Swann, que es parte de su obra maestra En busca del Tiempo Perdido. En esta novela, las notas de una sonata de Vinteuil, le sirven para reflexionar sobre el alma y el papel del artista en revelarnos su esencia, y le llevan a afirmar lo siguiente:

“El campo que se abre al pianista no es un mezquino teclado de siete notas, sino un teclado inconmensurable, desconocido casi por completo, donde aquí y allá, separadas por espesas tinieblas inexploradas, han sido descubiertas algunos millones de teclas de ternura, de coraje, de pasión, de serenidad que la componen, tan distintas entre sí como un mundo de otro mundo, por unos cuantos grandes artistas que nos han hecho el favor, despertando en nosotros la equivalencia del tema que ellos descubrieron, de mostrarnos la gran riqueza, la gran variedad oculta, sin que nos demos cuenta, en esa noche enorme, impenetrable y descorazonada de nuestra alma, que consideramos el vacío y la nada”.
Y que “reconocemos extáticos cuando algún explorador de lo invisible captura una de ellas y le trae de ese mundo divino donde le es dado penetrar para que brille unos momentos encima de nuestro mundo”.

Mágicas palabras, las del propio Proust, para describir e inmortalizar los misterios del alma humana, y a la vez, su propia grandeza.

Vale la pena escuchar el fragmento de la sonata de Vinteuil que Proust comparte en su novela, invitándonos a sentir lo mismo que él:


Ausencia

En memoria de Nagore Laffage,
asesinada por José Diego Yllanes en sanfermines de 2008.
Poema basado en la obra teatral “Nagore” de Sandra Arróniz.

Se escuchan los primeros cencerros. Los mozos se agolpan esperando la salida.

Me acaricias la cara, me susurras, me abrazas la cintura camino de tu casa.

Los toros han empezado el recorrido del encierro.

Una vez en tus brazos, maldito encuentro en la calle, me arrancas fragmentos de piel.
Intento huir y me detienes, aprieto los puños y lucho.
Eres más fuerte.
Me detengo un momento. Elevo la cabeza y tomo aire.
Pero tú no guardas para mí aire ni palabras ni compasión.
Solo una ola de golpes, una nube de plástico en mi cara.

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Foto: I. Ancín. El Luto y Nagore en Pamplona, el pasado 3 de julio.

Hombres y toros cuerpo a cuerpo.

Después dirás, jurarás, no recordar nada, no recordar mi voz, mi rostro, lamentarlo todo, estar en deuda…

Soy un grito ahogado inmenso. Ya apenas puedo seguir siendo.
Un dolor profundo en el clamor de la multitud atareada con las fiestas.

El encierro asciende la cuesta de Santo Domingo.

Envuelta y ahogada en mi grito, me doblo, lucho, me estremezco.

Mis dedos se asoman con todas sus fuerzas a la luz.
Estiro mi mano y mi cuerpo, en lucha.

Los toros se acercan ya al tramo más peligroso: la curva de Mercaderes.

Me quedo arrodillada, con mi vestido-piel de enfermera hecho jirones.
Intento estirar y desenvolver mi grito guardado en la garganta.
Lo arranco y lo tomo en mis manos. Pero sigue cosido a mi cofia blanca. Lo despliego, es una prolongación de mi cuerpo, una extensión de mi piel con membranas acuosas de color blanco.
Ahora es visible y se erige en pirámide, en cono horizontal que nace en mi boca, vivo y tembloroso; en gran sombra hecha luz, en silencio ahogado hecho palabra.
Lo sujeto con mis manos y me pongo en pie. Giro en torno a él.
Respiro hondo, tomo aire suficiente para erguir de nuevo mi cuerpo.
Separo los brazos del tronco para aumentar mi equilibrio.
Soy.

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Foto: I. Ancín. La maqueta del grito de Nagore, moldeada por Arróniz en su taller de Huarte.

Pero ya no hay vuelta atrás: los toros han entrado en la calle Estafeta, conducidos a su propia muerte, en la Plaza de Toros.

Tú, ante todos, gemirás y llorarás como un muñeco. En cambio yo, te hago frente, ni si quiera me das miedo. A pesar de que encarnas nuestra peor pesadilla.

36 golpes secos, estruendo de metal frío sobre la tibieza, la blandura de mi cuerpo.
Tapas mi boca para ahogar mi grito y mi vida.
Mi cuerpo te acusa: 33 heridas visibles, 3 heridas invisibles.
Me reclino unos instantes, solo reculo para tomar fuerzas. Pero me tambaleo.
Agonizo pero respiro a través de la membrana acuosa en que se ha convertido mi grito.
Tengo los ojos cerrados.
Me tiemblan las rodillas. Pierdo fuerza, caigo lentamente al suelo.
Cada vez es más escaso el aliento.
Una llamada de auxilio: peligro de muerte.
La vida, con el aire, se escapa lenta de mi cuerpo.
El asesino confeso, el asesino cobarde, sólo recuerda que me mató con sus propias manos.

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Foto: I. Ancín. Nagore sostiene su grito a la salida de los Corralillos.

Y de pronto, me levanto, sostengo mi grito con las manos y camino.
Suspendido en la habitación, pendiente desde mi boca y mi cabeza con sus membranas blancas.
Giro lentamente sobre el eje de mi columna vertebral.
El cono blanco se extiende y se abre sobre sí. Y termina en una boca de pez-nube, en un amplio círculo sagrado, expandido desde mis labios, que ya solo susurran en forma de ausencia.

Mi GRITO se eleva.

Lo contemplo en lo alto con los brazos extendidos, apuntando al cielo.
Me reclino y extiendo mis membranas blancas hacia el frente.
Recojo, de rodillas, mi cono blanco de dolor.
Te miro de frente, aunque ya no me veas.
Me quito la cofia blanca de enfermera. La coloco en el suelo.
Camino despacio. Desnuda, descalza.
Respiro con dificultad, cierro los ojos.

No puedo descansar. ¿Puedes tú?
Mi voz te acompañará. Aunque digas que no me recuerdas. Y mi rostro. Y mi sangre. Y el grito de la multitud:

¡ASESINO!

Te fabricaste conmigo este nuevo nombre, que junto con el mío, también te acompañará SIEMPRE.

Yo, con mi piel desdibujada en las costuras rosáceas de mi uniforme de enfermera, te seguiré envuelta en mi nuevo nombre:

     AUSENCIA

Itziar Ancín

 


Haiku: esencia poética más allá de barreras culturales

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El haiga es una ilustración que acompaña al haiku.

Esta forma poética surgió en Japón los siglos XVI y XVII, pero hoy se escribe en multitud de lenguas en todo el mundo. Su fuente de inspiración es la naturaleza en cada una de las estaciones, y consta de 17 sílabas, que se despliegan en dos partes íntimamente relacionadas. En una de ellas, se apunta la ubicación espacial, que suele presentar una imagen de carácter estático, y en la otra, una imagen que incluye acción o movimiento. El efecto fundamental del haiku surge de la confrontación entre ambas partes.

Como indica el experto español Fernando Rodríguez-Izquierdo, “el momento estético de creación del haiku brota de una total unidad de percepción del poeta con   la naturaleza”. El haiyín o escritor de haikus se vacía de sí para poder transmitir una experiencia tan humana y universal como la maravilla que produce la naturaleza, a través de un poema sugerente y conciso en el que su autor pretende no dejar su huella.

En esta dirección, el indio Angelee Deodhar destaca que el haiku “comunica una experiencia en la naturaleza, vincula el ambiente interior del poeta con el ambiente exterior, para crear una resonancia en el lector que trasciende las barreras socio-culturales y lingüísticas”. O la australiana Vanessa Proctor recalca que “‘el momento-haiku’ expresa la universal experiencia humana que penetra a través de las fronteras culturales”.

En esta entrada comparto mis primeros pasos en el mundo del haiku y aprovecho para agradecer al grupo Haikunversaciones (http://haikunversaciones.wordpress.com/) de Pamplona, especialmente a Pedro Yama y a Carmen García, todo lo que me han enseñado acerca de esta singular esencia poética.

Sombra en el río.
Libélulas azules
sobre los juncos.

Ibón rojizo.Hakuin-vakok
Se escapa la marmota
montaña arriba.

Sol de la tarde.
Pisadas de rebecos
sobre la nieve.

 


Pamplona, 7 de julio de 2008, de Sandra Arróniz

Rescatar la voz de Nagore Laffage, asesinada en Sanfermines de 2008 por José Diego Yllanes por decirle que no, y cuya memoria no recibió justicia. Y hacerlo a través del arte, con suma creatividad y elegancia, para recuperar un hecho que se produjo en el ámbito privado, pero en el marco de una fiesta universal, y sacarlo a la calle física y simbólicamente, a lo largo del recorrido del encierro. Pura expresión poética. Esto hizo el pasado 3 de julio en Pamplona Sandra Arróniz (http://www.sandraarroniz.com), licenciada en Bellas Artes y Máster en Diseño de Vestuario por el London College of Fashion, con la representación de su obra Pamplona, 7 de julio de 2008 (http://pamplona7dejuliode2008.blogspot.com.es/), que será sin duda uno de los eventos sociales y culturales más interesantes del año en la ciudad.

Parte central de la obra son tanto las exploraciones dramáticas que Arróniz realiza con el vestuario, como con los sonidos y silencios en torno a este hecho, que cobra dimensiones de tragedia griega universal.

Nagore en la Plaza Consistorial

Foto: I. Ancín. Nagore, al fondo, y uno de los personajes ‘que intentan silenciar’ en la plaza del Ayto. de Pamplona.

En cuanto al personaje de Nagore: su grito, su silencio y su respiración son clave en el diseño de un espectacular vestuario, que se compone de un vestido de enfermera color carne que se funde con el cuerpo y sugiere el fantasma que acecha al asesino, y una especie de embudo blanco de gran tamaño, que usa a modo de marioneta, de megáfono o de respirador, y cuyo interior es parte del espacio utilizado en la representación teatral.

Medios de comunicación

Foto: I. Ancín. Medios de comunicación, en Sto. Domingo.

Además, el vestuario se inspira en algunos elementos de la cultura popular Navarra y su esencia ritual, y se sirve de ellos para personificar cuestiones clave en esta historia. Por un lado, los medios de comunicación, a través de 4 personajes elaborados con periódicos, que por su volumen y textura recuerdan al carnaval de Lanz, concebidos como una gran masa de hacer ruido que generan confusión en torno a los hechos.

El luto y el violinista


Foto: I. Ancín. El luto invitó a la audiencia a sumarse al dolor de la familia en la Plaza del Castillo.

La segunda es el luto, y representa a la familia de la víctima. El personaje principal, vestido de negro y con una especie de enorme peineta, recuerda a un tótem imponente, y en cierto momento de la obra, invita a 8 personas de la audiencia a acompañarle, personificando el apoyo de la gente de Pamplona a la familia de Nagore.

Templo improvisado

Foto: I. Ancín. Pequeño altar en homenaje a Nagore Laffage. Al fondo, Asun Casasola, su madre.

Y por último, tres personajes abstractos simbolizan todo aquello (personas, entidades, intereses), que intentó silenciar lo ocurrido, poniendo trabas a la justicia; actúan paralelamente a los medios de comunicación tratando de ocultar o distorsionar la información, la imagen y la identidad de José Diego Yllanes, como el velo que cubre sus rostros.

Por otro lado, la representación contó con un violinista o una cantante de ópera, además de otros elementos sonoros, como la retransmisión del encierro o las jotas que se cantan a San Fermín el día 7 de julio, para dar contexto al momento en que fue asesinada la joven, entremezclando así lo privado de la violencia de género con el aspecto público de las fiestas en cuyo marco sucedieron los hechos.

Pamplona, 7 de julio de 2008 es un trabajo imprescindible que debe salir de nuevo a la calle.

Más abajo puede verse el vídeo de la obra preliminar de Sandra Arróniz, titulada Nagore, y ganadora de los ‘Encuentros de Arte Joven’ del Instituto Navarro de la Juventud en la sección de Artes Escénicas de 2012.