Archivo mensual: marzo 2013

Lo mejor de la India

Federico Sopeña e Itziar Ancín, conversando en Viyanalaya, la residencia provincial de los jesuitas en Mumbai.

Federico Sopeña e Itziar Ancín, conversando en Viyanalaya, la residencia provincial jesuita en Mumbai.

En la India, como en otros lugares del planeta, tan fascinantes como crueles para los seres humanos más débiles, existen personas que brillan en medio de la miseria como diamantes. Ni el Taj Mahal, con su belleza comparable a una lágrima en la eternidad, como lo describió Tagore, ni las imponentes fortalezas y delicados palacios del Rajastan, ni el atardecer de las playas tropicales de Kerala o Goa. Con su mirada radiante de generosidad, Federico Sopeña, un jesuita que hoy cumple 87 años, un hombre con la autoridad de quien es querido y respetado, es lo mejor que he encontrado en mi viaje a la India.

Federico llegó a la India con 23 años y aunque conserva en parte su acento catalán, su corazón es indio, y habla hindi como si lo fuera. Por aquel entonces, hace ya más de 60 años, dejó su casa y su familia y emprendió la gran aventura de su vida junto a las personas desfavorecidas de este país. Y junto a ellas vivió y aprendió sus enseñanzas y creció en sabiduría y humanidad.

Federico tiene multitud de hijos e hijas adoptivos en términos de cariño, y entre sus amistades y nuevos familiares indios cuyas visitas son un reguero constante todos los días de la semana, hay cristianos, hindúes y musulmanes. Yo también fui adoptada por él nada más tener noticias de que iba a visitar la India para realizar una investigación acerca de Kabir, el contestatario poeta y santo hindú que tanto admira.

Una de las primeras enseñanzas, la recibió durante una cacería a la que fue invitado junto a los aborígenes de la India, los adivasis, un pueblo nómada que vive de la mano de la naturaleza. Con toda la energía y las ansias de aventura propias de la juventud, acudió a la cacería encantado. Durante la jornada, Federico disparó a un pájaro que resultó malherido. Los adivasis se le acercaron con gran temor en el rostro y le preguntaron por qué lo había hecho: ellos solo cazaban para alimentarse, nunca por el placer de matar. Y Federico sintió vergüenza y nunca olvidó la lección.

Muchos años después, mientras oficiaba misa, entraron en la iglesia un grupo de alrededor de 30 mujeres prostituidas y su madame. Federico se dio cuenta y procuró en su sermón explicar en qué consistía la fe cristiana para dársela a conocer. Al terminar la ceremonia, se le acercaron para recibir su bendición, y le pidieron sacarse una fotografía con él con la cámara de la madame. Y posó con aquellas 30 mujeres. Se emocionó rodeado de ellas pensando que había tenido una infancia feliz en una familia de clase media, y que había recibido una buena educación, frente a estas mujeres que lo pasaban muy mal y no habían tenido ninguna de esas suertes. No sabe qué sería de aquella fotografía, pero se ríe al pensar en la posibilidad de que circulase por ahí y se difundiese aquella imagen suya rodeado por las 30 mujeres.

Hace 20 años, sufrió un accidente con la moto y perdió una pierna, y cuando le pregunté por aquel incidente me respondió sonriendo que también ganó otra a la que no le pican los mosquitos.

En el documental que le ha dedicado una televisión catalana recientemente, titulado con humor “60 años aprendiendo hindi” (hacer click sobre el título para verlo) afirma que en el momento en que una persona empieza a sentir en su corazón que los otros son sus hermanos y hermanas, empiezan a suceder algunas cosas… Parece tan sencillo y no lo es. El documental es muy interesante y recomendable, pues está lleno de la sabiduría y de la humanidad de este hombre. Pero en nada puede compararse a la suerte inmensa que he tenido yo de conocerlo en persona, de ver el brillo de sus ojos, de sentir su humildad y su corazón generoso, su ímpetu tenaz, terco y tierno por igual, de escuchar sus apasionantes historias y entender su emoción, y de compartir sus humanas y hondas conversaciones en Mumbai.

Itziar Ancín

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