Archivo mensual: mayo 2013

India y los intercambios. Camello-tren-rickshaw, parte I:

Vagón de mujeres en el metro de Mumbai.

Vagón de mujeres en el metro de Mumbai.

Los desplazamientos son parte esencial de la aventura de viajar en la India. Para dar una idea voy a contar mi trayecto de un día desde Pushkar, un pequeño pueblo sagrado de Rajastán, situado entre montañas y dunas que descubren al ya cercano al desierto, hasta Agra, la ciudad en la que se encuentran el Taj Mahal y otras maravillas, como su impresionante ciudad-fortaleza.

Salí desde Pushkar en autobús rumbo a Ajmer por la mañana. La salida no estaba prevista para una hora concreta, sino que debíamos esperar a que el autobús se llenara. Varias mujeres jóvenes subieron a última hora con sus bebés en brazos, cuando ya no quedaban asientos libres. Algunos pasajeros, tanto locales como turistas, se ofrecieron a sentar a los bebés en su regazo durante el viaje, que no duraba más de una hora, y de la sensación de que entre todos cuidábamos a los niños, surgió una hermosa complicidad entre los viajeros. Los niños, con sus ojos negros y enormes, captaron mi atención todo el trayecto. Y también el paisaje: los lagos, las colinas rojizas de Rajastán, legendaria tierra de castillos y reyes.

Una vez en Ajmer, nos bajamos del mismo autobús cuatro viajeros, camino de la estación de tren. Alguien nos dijo que en diez minutos llegaríamos a pie. Eran las 2 del mediodía y el sol de Rajastán hacía el camino más lento. La gente nos observaba caminar con nuestros enormes equipajes bajo el sol, pero total, eran solo diez minutos. Al cabo de media hora, no teníamos ningún indicio de la estación a lo lejos.

En un momento dado, nos paramos a consensuar qué hacer: en media hora salía nuestro tren y empezábamos a preocuparnos. Y entonces, un chico que conducía un carro de mercancías se paró a nuestro lado, y nos indicó con un gesto que nos subiéramos. El carro era tirado por un camello. Observamos perplejos unos segundos al chico sentado en su carro y al camello, y como no había tiempo que perder, de un salto nos subimos los cuatro al carrito, con nuestros enormes equipajes, y avanzamos despacio, al ritmo de los pasos sinuosos del animal. La gente nos sacaba fotos, nos señalaba, se sonreía.
Éste fue nuestro improvisado paseo a camello por Rajastán, bien distinto de los que vendían las agencias turísticas, pero mucho más auténtico y divertido.

Y así llegamos en unos minutos más a la estación, a tiempo de coger nuestro tren. A pesar de lo que cualquier viajero en la India pudiera esperar, el chico no nos pidió dinero; fue un gesto amable, nada más. Y le dimos unos billetes en agradecimiento.

Ya en el tren, conocimos a tres miembros de una familia: una mujer joven vestida con el tradicional sari; su padre, un señor con una enorme barriga, mirada hostil y unos grandes bigotes; y su regordete y revoltoso hijo y nieto, respectivamente, de unos 3 años. Todo empezó con nuestros intentos por llamar la atención del niño, y terminó en una animada conversación en la que la hija era la traductora, y el padre nos hacía preguntas con su cara de mal genio. Y en vez de juzgarnos como hacía mayoría, escucharon con interés nuestra forma de vida tan distinta a la suya.

La hija nos dijo que teníamos suerte de poder elegir, que en India el matrimonio era algo obligatorio. Obligatorio es una palabra que no suena nada bien para referirse al amor. Su padre nos hablaba con orgullo de su yerno: un ingeniero muy alto. Pero la cara de ella era más bien de fastidio y resentimiento. Lo más probable es que su padre hubiera elegido con quién debía casarse, porque esa es la tradición.

A pesar de su rostro antipático, el padre quiso invitarnos cuando pedimos un té en el tren, y salió del vagón en varias ocasiones para fumarse un cigarro con mi compañera de viaje, cuando fumar está mal visto en la India, especialmente si se trata de una mujer. Se creó un clima muy cercano entre nosotros, e incluso me dio la impresión de que otros grupos de pasajeros nos miraban con envidia.

Antes de bajarse del tren, una parada antes de la nuestra, nos invitaron a pasar unos días en su casa, pero como no vivían en Agra, nuestro destino, rechazamos la invitación, algo de lo que todavía me arrepiento. Porque lo mejor de la India no es el Taj Mahal.

Itziar Ancín

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