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Camello-tren-rickshaw, parte II:

Una de mis experiencias más conmovedoras en la India ocurrió ya en Agra. Habíamos acudido mi compañera de viaje y yo al mercado de un barrio musulmán muy concurrido, y sin darnos cuenta, se hizo de noche. Una vez que se puso el sol, a pesar de que era muy temprano, en torno a las 6 y media de la tarde, nos dimos cuenta de que no había una sola mujer en la calle. La oscuridad, las miradas y el bullicio, junto con el polvo y el humo del mercado, lo transformaron en un lugar inhóspito. Por último, el trato de un hombre, en realidad tan solo un adolescente, de los que no respetan a las mujeres, y quizá menos aún si viajan solas y son extranjeras, logró que deseáramos salir de allí lo antes posible.

Pero todos los rickshaw estaban ocupados y empezaba a sobrepasarnos la oscuridad, el ajetreo de la calle y la sensación de encierro en aquel barrio hostil y sin mujeres. Unos chicos se nos acercaron para ofrecernos su ayuda. El único transporte que pudieron conseguir fue el de un adolescente que tiraba de un carrito con su bicicleta. No nos gustó la idea de que una persona cargara de aquel modo con nuestro peso, pero dadas las circunstancias, no teníamos elección: era nuestra única manera de huir.

Al cabo de unos minutos montadas en el rickshaw, nos dimos cuenta de que el chico pedaleaba de pie, lo que nos dio pistas de que le estaba costando mucho esfuerzo cargar con nosotras, y empezamos a preocuparnos por él. Éramos dos mujeres de unos 50 kilos cada una, por lo que difícilmente podía ser un peso excesivo para alguien que estuviera acostumbrado a ese trabajo. Nuestro rickshaw bala (conductor en Hindi) tenía unos 14 años, nada más. Aproximadamente la misma edad del chico por el que decidimos irnos de allí.

Cuando llegamos a una cuesta, apenas avanzábamos. Mi amiga me sugirió que nos bajásemos durante la subida para aliviarle un poco el peso. Cuando se lo propusimos, el chico, apurado y con el rostro cubierto de sudor, no accedió. Y aún nos sentimos peor. Decidimos que le pagaríamos más; el doble de lo que nos había pedido, y que le haríamos creer que habíamos llegado a nuestro destino antes de tiempo.

Cuando nos bajamos del rickshaw, el rostro del chico revelaba su angustia. Quizá pensó que no había hecho bien su trabajo y que no le pagaríamos. Pero le dimos el dinero y entonces su cara se iluminó y sonrió. Dio media vuelta en su carrito-bici mirándonos, entre agradecido y confuso, seguramente con la duda de si debía advertirnos de que le habíamos pagado de más. Nos saludamos con la mano y una sonrisa.

Esa noche, en la terraza del hotel, frente al Taj Mahal iluminado y junto a un cuenco lleno de agua y pétalos de rosa, seguí pensando en él durante un buen rato: en qué situación tendría en casa ese chico tan joven para tener que ganarse así la vida, cargando con su cuerpecito delgadísimo como una bestia. Y le recuerdo aún.

Y así se construyen y se derrumban límites y fronteras; así fluyen los afectos y los miedos, y lo mejor se mezcla con lo peor a cada paso en la India. 

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India y los intercambios. Camello-tren-rickshaw, parte I:

Vagón de mujeres en el metro de Mumbai.

Vagón de mujeres en el metro de Mumbai.

Los desplazamientos son parte esencial de la aventura de viajar en la India. Para dar una idea voy a contar mi trayecto de un día desde Pushkar, un pequeño pueblo sagrado de Rajastán, situado entre montañas y dunas que descubren al ya cercano al desierto, hasta Agra, la ciudad en la que se encuentran el Taj Mahal y otras maravillas, como su impresionante ciudad-fortaleza.

Salí desde Pushkar en autobús rumbo a Ajmer por la mañana. La salida no estaba prevista para una hora concreta, sino que debíamos esperar a que el autobús se llenara. Varias mujeres jóvenes subieron a última hora con sus bebés en brazos, cuando ya no quedaban asientos libres. Algunos pasajeros, tanto locales como turistas, se ofrecieron a sentar a los bebés en su regazo durante el viaje, que no duraba más de una hora, y de la sensación de que entre todos cuidábamos a los niños, surgió una hermosa complicidad entre los viajeros. Los niños, con sus ojos negros y enormes, captaron mi atención todo el trayecto. Y también el paisaje: los lagos, las colinas rojizas de Rajastán, legendaria tierra de castillos y reyes.

Una vez en Ajmer, nos bajamos del mismo autobús cuatro viajeros, camino de la estación de tren. Alguien nos dijo que en diez minutos llegaríamos a pie. Eran las 2 del mediodía y el sol de Rajastán hacía el camino más lento. La gente nos observaba caminar con nuestros enormes equipajes bajo el sol, pero total, eran solo diez minutos. Al cabo de media hora, no teníamos ningún indicio de la estación a lo lejos.

En un momento dado, nos paramos a consensuar qué hacer: en media hora salía nuestro tren y empezábamos a preocuparnos. Y entonces, un chico que conducía un carro de mercancías se paró a nuestro lado, y nos indicó con un gesto que nos subiéramos. El carro era tirado por un camello. Observamos perplejos unos segundos al chico sentado en su carro y al camello, y como no había tiempo que perder, de un salto nos subimos los cuatro al carrito, con nuestros enormes equipajes, y avanzamos despacio, al ritmo de los pasos sinuosos del animal. La gente nos sacaba fotos, nos señalaba, se sonreía.
Éste fue nuestro improvisado paseo a camello por Rajastán, bien distinto de los que vendían las agencias turísticas, pero mucho más auténtico y divertido.

Y así llegamos en unos minutos más a la estación, a tiempo de coger nuestro tren. A pesar de lo que cualquier viajero en la India pudiera esperar, el chico no nos pidió dinero; fue un gesto amable, nada más. Y le dimos unos billetes en agradecimiento.

Ya en el tren, conocimos a tres miembros de una familia: una mujer joven vestida con el tradicional sari; su padre, un señor con una enorme barriga, mirada hostil y unos grandes bigotes; y su regordete y revoltoso hijo y nieto, respectivamente, de unos 3 años. Todo empezó con nuestros intentos por llamar la atención del niño, y terminó en una animada conversación en la que la hija era la traductora, y el padre nos hacía preguntas con su cara de mal genio. Y en vez de juzgarnos como hacía mayoría, escucharon con interés nuestra forma de vida tan distinta a la suya.

La hija nos dijo que teníamos suerte de poder elegir, que en India el matrimonio era algo obligatorio. Obligatorio es una palabra que no suena nada bien para referirse al amor. Su padre nos hablaba con orgullo de su yerno: un ingeniero muy alto. Pero la cara de ella era más bien de fastidio y resentimiento. Lo más probable es que su padre hubiera elegido con quién debía casarse, porque esa es la tradición.

A pesar de su rostro antipático, el padre quiso invitarnos cuando pedimos un té en el tren, y salió del vagón en varias ocasiones para fumarse un cigarro con mi compañera de viaje, cuando fumar está mal visto en la India, especialmente si se trata de una mujer. Se creó un clima muy cercano entre nosotros, e incluso me dio la impresión de que otros grupos de pasajeros nos miraban con envidia.

Antes de bajarse del tren, una parada antes de la nuestra, nos invitaron a pasar unos días en su casa, pero como no vivían en Agra, nuestro destino, rechazamos la invitación, algo de lo que todavía me arrepiento. Porque lo mejor de la India no es el Taj Mahal.

Itziar Ancín


Poesía mística y diálogo intercultural

Estos meses estoy redactando mi tesis acerca del papel social de los místicos para lograr diálogo entre distintas culturas y religiones. En concreto, se centra en el Proyecto Kabir, que nació en Bangalore, al sur de la India, tras las masacres que se produjeron en el estado de Gujarat en 2002 contra la comunidad musulmana, y que acabaron con la vida de más de 2.000 personas, en su mayoría mujeres, y dejaron más de 200.000 sin hogar. 

El Proyecto Kabir se centra en la difusión de las tradiciones orales que han sido transmisoras de los versos del poeta místico Kabir, nacido en Benarés en el siglo s. XV, que es reconocido como santo por diversas religiones que coexisten en India, pero que nunca se dejó clasificar. Criado por una familia musulmana e instruido por un maestro hindú, su apuesta fue siempre por la espiritualidad y por el ser humano, y luchó contra el sistema de castas y las identidades religiosas de cualquier otro tipo cuando crean divisiones y que pueden llevar incluso a la violencia.

Voy a compartir aquí un hermoso poema de Kabir.

 

The redness of my beloved is such

wherever I look I see that red.

I set out in search of red,

I became  red myself.

Kabir


Lo mejor de la India

Federico Sopeña e Itziar Ancín, conversando en Viyanalaya, la residencia provincial de los jesuitas en Mumbai.

Federico Sopeña e Itziar Ancín, conversando en Viyanalaya, la residencia provincial jesuita en Mumbai.

En la India, como en otros lugares del planeta, tan fascinantes como crueles para los seres humanos más débiles, existen personas que brillan en medio de la miseria como diamantes. Ni el Taj Mahal, con su belleza comparable a una lágrima en la eternidad, como lo describió Tagore, ni las imponentes fortalezas y delicados palacios del Rajastan, ni el atardecer de las playas tropicales de Kerala o Goa. Con su mirada radiante de generosidad, Federico Sopeña, un jesuita que hoy cumple 87 años, un hombre con la autoridad de quien es querido y respetado, es lo mejor que he encontrado en mi viaje a la India.

Federico llegó a la India con 23 años y aunque conserva en parte su acento catalán, su corazón es indio, y habla hindi como si lo fuera. Por aquel entonces, hace ya más de 60 años, dejó su casa y su familia y emprendió la gran aventura de su vida junto a las personas desfavorecidas de este país. Y junto a ellas vivió y aprendió sus enseñanzas y creció en sabiduría y humanidad.

Federico tiene multitud de hijos e hijas adoptivos en términos de cariño, y entre sus amistades y nuevos familiares indios cuyas visitas son un reguero constante todos los días de la semana, hay cristianos, hindúes y musulmanes. Yo también fui adoptada por él nada más tener noticias de que iba a visitar la India para realizar una investigación acerca de Kabir, el contestatario poeta y santo hindú que tanto admira.

Una de las primeras enseñanzas, la recibió durante una cacería a la que fue invitado junto a los aborígenes de la India, los adivasis, un pueblo nómada que vive de la mano de la naturaleza. Con toda la energía y las ansias de aventura propias de la juventud, acudió a la cacería encantado. Durante la jornada, Federico disparó a un pájaro que resultó malherido. Los adivasis se le acercaron con gran temor en el rostro y le preguntaron por qué lo había hecho: ellos solo cazaban para alimentarse, nunca por el placer de matar. Y Federico sintió vergüenza y nunca olvidó la lección.

Muchos años después, mientras oficiaba misa, entraron en la iglesia un grupo de alrededor de 30 mujeres prostituidas y su madame. Federico se dio cuenta y procuró en su sermón explicar en qué consistía la fe cristiana para dársela a conocer. Al terminar la ceremonia, se le acercaron para recibir su bendición, y le pidieron sacarse una fotografía con él con la cámara de la madame. Y posó con aquellas 30 mujeres. Se emocionó rodeado de ellas pensando que había tenido una infancia feliz en una familia de clase media, y que había recibido una buena educación, frente a estas mujeres que lo pasaban muy mal y no habían tenido ninguna de esas suertes. No sabe qué sería de aquella fotografía, pero se ríe al pensar en la posibilidad de que circulase por ahí y se difundiese aquella imagen suya rodeado por las 30 mujeres.

Hace 20 años, sufrió un accidente con la moto y perdió una pierna, y cuando le pregunté por aquel incidente me respondió sonriendo que también ganó otra a la que no le pican los mosquitos.

En el documental que le ha dedicado una televisión catalana recientemente, titulado con humor “60 años aprendiendo hindi” (hacer click sobre el título para verlo) afirma que en el momento en que una persona empieza a sentir en su corazón que los otros son sus hermanos y hermanas, empiezan a suceder algunas cosas… Parece tan sencillo y no lo es. El documental es muy interesante y recomendable, pues está lleno de la sabiduría y de la humanidad de este hombre. Pero en nada puede compararse a la suerte inmensa que he tenido yo de conocerlo en persona, de ver el brillo de sus ojos, de sentir su humildad y su corazón generoso, su ímpetu tenaz, terco y tierno por igual, de escuchar sus apasionantes historias y entender su emoción, y de compartir sus humanas y hondas conversaciones en Mumbai.

Itziar Ancín


Una rosa en Mumbai

Vendedora de ofrendas en Mahalaxmi, Mumbai.

Vendedora de ofrendas en Mahalaxmi, Mumbai.

Mahalaxmi, la diosa hindú de la riqueza, da nombre a una parada de metro en Mumbai. Nos hemos montado en el tren en la estación de Andheri East, al norte de la ciudad, un barrio popular y alejado de los imponentes edificios coloniales, huellas del poder de Inglaterra sobre la India.

Nos bajamos del tren en Mahalaxmi y recorremos las calles de esta aldea sumergida en la metrópolis. Calles tranquilas pobladas por vacas y vendedores de flores y ofrendas flanquean la estrecha calle de acceso desde una avenida dominada por rickshaws, coches, bocinas a todo volumen y luces de comercios.
Una larguísima hilera de camisas blancas colgadas de una valla recuerda que este barrio es la lavandería de Mumbai.
Al final de la calle, giramos hacia la izquierda, siguiendo el brillo plateado del templo de Mahalaxmi, también conocida por el nombre de Lakshmi. Se suceden los puestos de ofrendas, dispuestos en bandejas metálicas, o pendientes del tejadillo de cada una de las casetas, que se alternan con los de dulces amarillos, ocres y blancos, cortados en cuadraditos tras las vitrinas de cristal. Algunos de los vendedores se sientan con las piernas cruzadas sobre el mostrador, como dioses ingrávidos, rodeados de flores, pelo de coco y colgantes que combinan el rojo, el fucsia, el azul, el amarillo, el verde. Y a nuestra derecha, hay una hilera de mujeres sentadas en el suelo con montones de zapatos usados y desparejados. Los guardan mientras se visita el templo a cambio de unas monedas.

Descalzas, compramos una flor de color rosa y pétalos alargados y hacemos cola para ofrecérsela a la diosa. Hay dos filas: una para hombres y otra para mujeres. Ataviadas con sus hermosos saris, ellas llevan variadas ofrendas y nos sonríen al descubrir con la mirada nuestra flor, con gesto de aprobación. El altar es plateado y tan solo el rostro triple de Mahalaxmi es dorado. Tres sacerdotes recogen las ofrendas de quienes llegan hasta al altar, al final de nuestra fila. Es una especie de pequeña peregrinación incesante. Llegado nuestro turno, extiendo la flor al sacerdote, que me entrega a cambio una rosa roja y dos hileras de caléndulas blancas atadas con hilos rojos, verdes y blancos que desprenden todo su aroma, y unos pequeños caramelos de anís en forma de estrella.
Nuestras manos han entrado casi vacías y ahora están llenas.
A la salida, una familia nos explica con gestos que el bindi rojo en la frente es un signo de celebración, y nos invitan a pintárnoslo también tiñendo nuestro dedo índice con el polvo rojizo que hay sobre un mostrador.

Recuperamos nuestros zapatos a la salida y continuamos nuestro camino con las manos llenas de flores. Abandonamos el barrio de Mahalaxmi y retomamos el ritmo frenético de Mumbai, sus taxis kamikazes y sus bocinazos sin fin. A cinco minutos a pie de allí, una pequeña entrada conduce a Haji Ali, una mezquita construida sobre el mar cerca de los rascacielos, que hace posible que el paisaje flote en otro tiempo. Un estrecho camino lleva hasta el templo musulmán, flanqueado por vendedores de alfombras para orar con motivos en árabe y dibujos de la Meca. Al final del sinuoso recorrido sobre las aguas, llegamos a Haji Ali. Nos quitamos los zapatos para entrar en el edificio sagrado, por la parte reservada a las mujeres. El guardián de nuestros zapatos nos señala un conjunto de pañuelos sobre una valla con los que debemos cubrirnos la cabeza antes de entrar. Elegimos uno cada una y seguimos a las demás mujeres. Desde una ventana vemos cómo algunos hombres cambian las flores y los paños que cubren el altar. Un sacerdote se acerca a nosotras y nos invita a acercarnos a él. Me pide con un gesto la rosa roja. La coloca sobre el altar y después nos bendice, golpeando suavemente nuestras cabezas y nuestros hombros con una vara vegetal de color negro.
La misma flor ha viajado en unos minutos en forma de ofrenda desde el altar hindú hasta el musulmán, como transitan las personas o los olores en el aire, como se intercambian afectos y monedas en un mismo barrio. Seguro que a Dios, al único Dios de todas las religiones, le ha gustado el intercambio.

Itziar Ancín


Esta noche, Kabir y su poesía india medieval

¿Poesía india medieval? ¿De un santo venerado por musulmanes e hindúes que rechazaba el sistema de castas ya en el siglo XV? Puede parecer algo remoto y ajeno, y sin embargo, basta con comenzar a leer sus versos universales y reveladores en los que quería transmitir la importancia de eliminar las barreras mentales, porque “lo esencial es la búsqueda”.  Carpe diem. “Soy esclavo de la esencia de la búsqueda”, afirma Kabir. Así sea.

Para más información sobre el poeta, escuchar canciones de músicos folk de la India actual, visualizar fragmentos de documentales de la cineasta Shabnam Virmani acerca del poeta a través de estos músicos: http://www.kabirproject.org

¡Oh, amigo!
Espérale mientras vivas,
conócele mientras vivas,
compréndele mientras vivas,
pues en esta vida está la liberación.

No es sino sueño pensar que a Él,
al dejar el cuerpo, el alma se unirá:
Si ahora lo hallaste, también después lo hallarás; si no, será morar en la Ciudad de la Muerte.
Si la unión se alcanza en el presente,
mañana seguirá.
Sumérgete en la Verdad; conoce al Maestro verdadero, ten fe en el auténtico Nombre:
“Lo esencial es la búsqueda.
Soy esclavo de la esencia de la búsqueda”.

Si no te desprendes de tus apegos mientras vives,
¿qué liberación hallarás en la muerte?

Kabir