Archivo mensual: junio 2013

Camello-tren-rickshaw, parte II:

Una de mis experiencias más conmovedoras en la India ocurrió ya en Agra. Habíamos acudido mi compañera de viaje y yo al mercado de un barrio musulmán muy concurrido, y sin darnos cuenta, se hizo de noche. Una vez que se puso el sol, a pesar de que era muy temprano, en torno a las 6 y media de la tarde, nos dimos cuenta de que no había una sola mujer en la calle. La oscuridad, las miradas y el bullicio, junto con el polvo y el humo del mercado, lo transformaron en un lugar inhóspito. Por último, el trato de un hombre, en realidad tan solo un adolescente, de los que no respetan a las mujeres, y quizá menos aún si viajan solas y son extranjeras, logró que deseáramos salir de allí lo antes posible.

Pero todos los rickshaw estaban ocupados y empezaba a sobrepasarnos la oscuridad, el ajetreo de la calle y la sensación de encierro en aquel barrio hostil y sin mujeres. Unos chicos se nos acercaron para ofrecernos su ayuda. El único transporte que pudieron conseguir fue el de un adolescente que tiraba de un carrito con su bicicleta. No nos gustó la idea de que una persona cargara de aquel modo con nuestro peso, pero dadas las circunstancias, no teníamos elección: era nuestra única manera de huir.

Al cabo de unos minutos montadas en el rickshaw, nos dimos cuenta de que el chico pedaleaba de pie, lo que nos dio pistas de que le estaba costando mucho esfuerzo cargar con nosotras, y empezamos a preocuparnos por él. Éramos dos mujeres de unos 50 kilos cada una, por lo que difícilmente podía ser un peso excesivo para alguien que estuviera acostumbrado a ese trabajo. Nuestro rickshaw bala (conductor en Hindi) tenía unos 14 años, nada más. Aproximadamente la misma edad del chico por el que decidimos irnos de allí.

Cuando llegamos a una cuesta, apenas avanzábamos. Mi amiga me sugirió que nos bajásemos durante la subida para aliviarle un poco el peso. Cuando se lo propusimos, el chico, apurado y con el rostro cubierto de sudor, no accedió. Y aún nos sentimos peor. Decidimos que le pagaríamos más; el doble de lo que nos había pedido, y que le haríamos creer que habíamos llegado a nuestro destino antes de tiempo.

Cuando nos bajamos del rickshaw, el rostro del chico revelaba su angustia. Quizá pensó que no había hecho bien su trabajo y que no le pagaríamos. Pero le dimos el dinero y entonces su cara se iluminó y sonrió. Dio media vuelta en su carrito-bici mirándonos, entre agradecido y confuso, seguramente con la duda de si debía advertirnos de que le habíamos pagado de más. Nos saludamos con la mano y una sonrisa.

Esa noche, en la terraza del hotel, frente al Taj Mahal iluminado y junto a un cuenco lleno de agua y pétalos de rosa, seguí pensando en él durante un buen rato: en qué situación tendría en casa ese chico tan joven para tener que ganarse así la vida, cargando con su cuerpecito delgadísimo como una bestia. Y le recuerdo aún.

Y así se construyen y se derrumban límites y fronteras; así fluyen los afectos y los miedos, y lo mejor se mezcla con lo peor a cada paso en la India.