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Tres mujeres, de Silvia Plath

Tres mujeres, editado por primera vez en 1968, es un poema a tres voces de la estadounidense Silvia Plath que tiene como tema central la maternidad. Cada voz representa una forma diferente de vivirla: la mujer que desea ser madre, la que sufre por no poder serlo y la que lo es a su pesar. Plath, con un lenguaje claro y directo y a la vez cargado de lirismo, logra que nos pongamos en la piel de estas tres mujeres.

La poeta concibió este poema para ser leído en voz alta, y en 1962, un año antes de su muerte, lo leyó en la BBC. La experiencia supuso un cambio de dirección en su escritura: desde entonces concebiría los poemas para ser recitados.

La edición de Nórdica libros de Tres mujeres (2013) es una conjunción perfecta entre poemas e ilustraciones: la aportación plástica de Anuska Allepuz potencia y acompaña la belleza de los versos, y ayuda al lector a sumergirse en el clima que cada poema requiere. Al ser bilingüe permite además disfrutar del lenguaje poético original de su autora en inglés.

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Sylvia Plath (Boston, 1932 – Londres, 1963), junto con Anne Sexton, es considerada una de las principales representantes de la poesía confesional, iniciado por Robert Lowell y W. D. Snodgrass. Ambas eran compañeras en el taller de escritura que Lowell impartía en la Universidad de Boston.

Se suicidó en 1963 y tras su muerte, su marido, el poeta Ted Hughes, se encargó de la edición de su poesía completa, que censuró para ocultar supuestamente el dolor que éste le causó por su infidelidad.

 

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“Ven, siempre ven” o el amor cósmico

Hoy ha vuelto a mí “Ven siempre ven”, un poema tan hermoso y tan enigmático de Vicente Aleixandre que parece flotar en la oscuridad del abismo, entre espirales doradas y nebulosas de vértigo y de incertidumbre.

El poeta define el amor y el miedo a amar y a dejar de ser quien se es (y para ello compara a los amantes con estrellas) por puro choque entre los astros.

Qué riqueza poder volver a un texto así; saber que lo que temes o sientes ya estaba desde hace tanto tiempo ahí guardado, esperándote, qué reconfortante es que haya o haya habido alguien capaz de decir todo esto y que lo haya hecho así.

“Ven, siempre ven”

No te acerques. Tu frente, tu ardiente frente,
tu encendida frente,  las huellas de unos besos,
ese resplandor que aún me da se siente si te acercas,
ese resplandor contagioso que me queda en las manos,
ese río luminoso en que hundo mis brazos,
en el que casi no me atrevo a beber, por temor después
a ya una dura vida de lucero.

No quiero que vivas en mí como vive la luz,
con ese aislamiento de estrella que se une con su luz,
a quien el amor se niega a través del espacio
duro y azul que separa y no une,
donde cada lucero inaccesible
es una soledad que, gemebunda, envía su tristeza.

La soledad destella en el mundo sin amor.
La vida es una vívida corteza,
una rugosa piel inmóvil
donde el hombre no puede encontrar su descanso,
por más que aplique su sueño contra un astro apagado.

Pero tú no te acerques. Tu frente destellante,
carbón encendido que me arrebata a la  propia conciencia
duelo fulgúreo en que de pronto siento la tentación de morir,
de quemarme los labios con tu roce indeleble,
de sentir mi carne deshacerse contra tu diamante abrasador.

No te acerques, porque tu beso se prolonga
como el choque imposible de las estrellas,
como el espacio que súbitamente se incendia,
éter propagador donde la destrucción de los mundos
es un único corazón que totalmente se abrasa.

Ven, ven, ven como el carbón extinto oscuro
que encierra una muerte;
ven como la noche ciega que me acerca su rostro;
ven como los dos labios marcados por el rojo,
por esa línea larga que funde los metales.

Ven, ven, amor mío; ven, hermética frente, redondez casi rodante
que luces como una órbita que va a morir en mis brazos,
ven como dos ojos o dos profundas soledades,
dos imperiosas llamadas de una hondura que no conozco.

¡Ven, ven muerte, amor; ven pronto, te destruyo;
ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo;
ven, que ruedas como liviana piedra,
confundida como una luna que me pide mis rayos!

Vicente Aleixandre


Olvidar para vivir

Ayer, mientras leía “La escritura o la vida” de Jorge Semprún, me topé con un bello poema de Louis Aragon. Trata sobre la necesidad de olvidar de quienes han vivido la muerte.

Semprún y Aragon se conocieron en el taller del pintor Boris Taslizky, un amigo común, compañero de Semprún en el campo de concentración de Buchenwald. En dicho taller, ubicado en París, ambos tuvieron ocasión de conversar, a pesar de las reticencias del autor español a hablar sobre estas heridas del pasado que nunca cicatrizan.

En el libro, Semprún afirma que Aragon escribe en su poema sobre el olvido que él necesitaba para poder sobrevivir.

Este año conmemoramos el 70 aniversario de la liberación de los campos nazis. Y éste es mi pequeño homenaje.

“Chanson pour oublier Dachau”

Nul ne réveillera cette nuit les dormeurs

Il n’y aura pas à courir les pieds nus dans la neige

Il ne faudra pas se tenir les poings sur les hanches

jusqu’au matin

Ni marquer le pas le genou plié devant un

gymnasiarque dément

Les femmes de quatre-vingt-trois ans

les cardiaques ceux qui justement

Ont la fièvre ou des douleurs articulaires

ou Je ne sais pas moi les tuberculeux

N’écouteront pas les pas dans l’ombre qui

s’approchent

Regardant leurs doigts déjà qui s’en vont en fumée

Nul ne réveillera cette nuit les dormeurs

Ton corps

Ton corps n’est plus le chien qui rôde et qui ramasse

Dans l’ordure ce qui peut lui faire un repas

Ton corps n’est plus le chien qui saute sous le fouet

Ton corps n’est plus cette dérive aux eaux d’Europe

Ton corps n’est plus cette stagnation cette rancoeur

Ton corps n’est plus la promiscuité des autres

N’est plus sa propre puanteur

Homme ou femme tu dors dans des linges lavés

Quand tes yeux sont fermés quelles sont les images

Qui repassent au fond de leur obscur écrin

Quelle chasse est ouverte et quel monstre marin

Fuit devant les harpons d’un souvenir sauvage

Quand tes yeux sont fermés revois-tu revoit-on

Mourir aurait été si doux à l’instant même

Dans l’épouvante où l’équilibre est stratagème

Le cadavre debout dans l’ombre du wagon

Quand tes yeux sont fermés quel charançon les

ronge

Quand tes yeux sont fermés les loups font-ils le beau

Quand tes yeux sont fermés ainsi que des tombeaux

Sur des morts sans suaire en l’absence des songes

Tes yeux

Homme ou femme retour d’enfer

Familiers d’autres crépuscules

Le goût de soufre aux lèvres gâtant le pain frais

Les réflexes démesurés à la quiétude villageoise de

la vie

Comparant tout sans le vouloir à la torture

Déshabitués de tout

Hommes et femmes inhabiles à ce semblant de bonheur revenu

Les mains timides aux têtes d’enfants

Le cœur étonné de battre

Leurs yeux

Derrière leurs yeux pourtant cette histoire

Cette conscience de l’abîme

Et l’abîme

Où c’est trop d’une fois pour l’homme être tombé

Il y a dans ce monde nouveau tant de gens

Pour qui plus jamais ne sera naturelle la douceur

Il y a dans ce monde ancien tant et tant de gens

Pour qui toute douceur est désormais étrange

Il y a dans ce monde ancien et nouveau tant de gens

Que leurs propres enfants ne pourront pas

comprendre

Oh vous qui passez

Ne réveillez pas cette nuit les dormeurs

Louis Aragon