Archivo mensual: julio 2012

Bilbao-New York-Bilbao, de Kirmen Uribe

Kirmen Uribe era un reconocido poeta en euskera cuando en 2009, tradujo al castellano su novela Bilbao-New York-Bilbao (Ed. Seix Barral), y recibió el Premio Nacional de Narrativa. Y es que Uribe sigue siendo un gran poeta cuando escribe en prosa. Hacía años que una novela no me atrapaba de esta manera. Qué poeta hay que ser para emocionar cada tres páginas -en ocasiones, cada tres lineas-, con tanta sutileza y con un lenguaje tan llano como profundo.

En su libro, Uribe rescata pequeñas historias del pasado de su entorno familiar en Ondarroa, un pequeño pueblo de pescadores de Vizcaya, como cuentos cercanos llenos de intensa realidad e intriga, o bien en forma de hermosas intrahistorias como la de la isla de St. Kilda, o la de las flores de vidrio de Harvard.

La novela pretende innovar en el aspecto formal del relato, y a pesar de que engarza el pasado y el presente con maestría, quizá no acierte en algún pasaje, pero la altura de sus cotidianos personajes y sus profundas reflexiones de filósofo descendiente de pescadores, y como tal, pegado a la realidad y a la tierra (en este caso, más bien al mar) merece todas las ovaciones. Qué hermosa narración. Cuánto brillo en los ojos al pasar sus páginas. Cuántas ganas de más. Muchas gracias, Kirmen.


Un poema de Joumana Haddad

Joumana Haddad, via WebIslam.com

El siguiente poema de Joumana Haddad, periodista y poeta libanesa, pertenece a su libro El regreso de Lilith, en el que recupera el mito de la primera mujer creada por Dios y castigada por su insumisión.

COMIENZO SEGUNDO

(Traducción del árabe: Héctor Fernando Vizcarra)

Luego Dios creó a la mujer a su imagen; de la tierra la creó el séptimo día, la creó del exceso de vida; frente a su idea él la creo, creó a Lilith, cuyos ojos son como un amor devuelto.
La cazadora y la presa y el puente entre las dos.
Aquella que duerme a los leones con el arrullo de sus senos.
Aquella que dicta sola sus leyes y en grupo las viola.
La reina y sus vasallos.
Aquella cuya tierra es una naranja plana y sabe que gira alrededor de ella.
Aquella a la que el ciprés pertenece, y también el inicio de la noche y el fin del mar.
La orgullosa como una nube, y, como una nube, modesta.
Aquella que no cree.
El sollozo más denso del verano y la lágrima más larga de otoño.
Aquella que une a los hombres y luego llora en sus pechos.
Aquella a quien las cosas no nombran
y cuyo vestido es espontáneamente culpable.
La que sueña su pasado y entrampa su mañana.
La fuerte en su feminidad, la dulce en su fuerza.
Aquella cuyo placer es necio y no llega, la ardiente como un río.
Aquella que bebe la luna en un plato de leche y de la palma de sus manos se come el cielo.
Aquella a quien no se puede atrapar y que se transluce en el horizonte.
Aquella que es luz pálida y cuya desnudez pertenece a los que no ven con los ojos.
La libre y la encadenada y su fuga.
La armonía entre infierno y paraíso.
El deseo y su deseo.
Aquella que es un manzano sometido bajo la lujuria de sus brotes y cuyo rayo se dispersa sobre el hombro de los abismos.
La tierna en su violencia, la poderosa en sus derrotas.
El lujo contra la necesidad, la angustia contra la certitud.
Aquella que es para toda mujer que haya mirado sin haber asido.
Aquella que toma, pero que no derrocha.
Que derrocha sin desbordarse.
Aquella que es para cada hombre.
Y que traiciona a su género.
Que traiciona.
La que da puñaladas más tiernas que ciertas caricias.
El pecado piadoso.
La poeta de los demonios y la demonio de los poetas.
Drénenla de mí, de los sueños redondeados como el color azul.
Y nunca tengan suficiente.

Joumana Haddad


Dalhir, mi ciudad invisible

Cuando escribí este poema, en la madrugada que precedía a una mañana luminosa de marzo, tuve la premonición de que pronto iba a conocer el desierto. Y así fue.

Entonces aún no había leído Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino, un libro maravilloso, lleno de sutiles descripciones de ciudades imaginarias, metafóricas y etéreas como ésta. Un amigo me lo recomendó tras leer el poema y me honra que Dalhir pudiera recordarle a las mágicas y reveladoras urbes que describe Calvino en su libro.
Yo comparto aquí mi propia ciudad invisible:

DALHIR

Te observo desde lejos.

Dalhir

Dalhir, la ciudad errante, por S. Gontz.

Será el sol tan amargo

que domina el desierto

o la arena en los ojos

la que aleja de mí

tus ajarafes blancos,

ciudad imposible.

La misma imagen nace

tras cada amanecer,

acostumbrada ya

a su azul espejismo.

Hace hoy tres lunas

que atisbo su silueta;

Dalhir Azul

Dalhir Azul, por S. Gontz.

sus guiños en la noche

como en este instante.

Persigo su secreto.

Perdí mi caravana

y sé que estoy muy lejos de los oasis.

Dalhir, en cambio, siempre a una igual distancia

avanza con mis pasos, de mí se aleja.

A veces creo que solo existe en mi ilusión.

Pero es tal su presencia,

tanta la claridad de sus tejados.

Anoche hubo una calma inesperada:

no despertó el simún,

y el sol me ha descubierto

dos huellas en la arena:

Ilustración de Dalhir, por S. Gontz.

 

dos rastros paralelos

y enigmáticos hacia Dalhir.

No la podré alcanzar.

Ciudad errante de cúpulas doradas,

¿no abrirás tus murallas?,

¿no detendrás tu paso?,

¿no lo harías por mí?

Tiempo atrás conocí

a un viejo pescador

de perlas del mar Rojo,

ya ciego por la sal.

Le oí contar historias

de la ciudad errante.

La vio desde el Sinaí.

Describía jardines, calles y fuentes

de la ciudad palacio,

de la ciudad prisión:

nadie puede escapar de su fiesta de luz.

Iré en su busca

para escuchar de nuevo

historias inauditas

de la ciudad de todas

y de ninguna parte.

Itziar Ancín

Primer Premio de Poesía, Universidad Pública de Navarra 2003