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Poema para dar coraje a un héroe

A Juan Yeregui, con todo mi cariño

 

Ni esos partidos

que tanto te emocionan

ni esos deportistas de élite

que tanto admiras.

 

El verdadero mérito

es

el de tu lucha diaria.

El auténtico valor

es aquel con que enfrentas

la batalla verdadera

que se libra en tu cuerpo.

 

A tanto coraje, igual admiración.

 

Ahí, el héroe. Ahí, la medalla.

 

Itziar Ancín

 


Dalhir, viva y azul

La ciudad errante de Dalhir ha sido dotada de nuevas texturas y colores. En esta ocasión, gracias a la pintora Gloria Vázquez Ferrón, la segunda artista que responde a la invitación que lancé desde este blog.

Gloria Vázquez ha creado una Dalhir viva, azul y colorida que es pura sugerencia. Veo en esta ilustración todo un mar de deseos que se plasma en el azul espejismo de Dalhir, errando inalcanzable enmedio del desierto. Una Dalhir azul como azul es el deseo del agua en la sed infinita.

Dalhir, por Gloria Vázquez.

Dalhir, ilustrada por la artista por Gloria Vázquez.


Claridad y luz a borbotones, que nacen de sus jardines, calles y fuentes. Pero a su vez, es una ciudad fortaleza de altos y fuertes muros, una ciudad prisión: nadie puede escapar de su fiesta de luz.

Muchas gracias, Gloria Vázquez, por aceptar el reto, dar vida a Dalhir y multiplicar, a través de tus ojos, el contenido y las resonancias de las palabras.

Más abajo en esta misma entrada es posible leer el poema y disfrutar de las dos ilustraciones de Gloria Vázquez Ferrón sobre Dalhir. Invito también a lectoras y lectores a leer la entrada de este blog donde se publicó el poema ilustrado por S. Gontz.

 

DALHIR

Te observo desde lejos.

Será el sol tan amargo

que domina el desierto

Dalhir, por Gloria Vázquez

La ciudad errante de Dalhir, por Gloria Vázquez.

o la arena en los ojos

la que aleja de mí

tus ajarafes blancos,

ciudad imposible.

La misma imagen nace

tras cada amanecer,

acostumbrada ya

a su azul espejismo.

Hace hoy tres lunas

que atisbo su silueta;

sus guiños en la noche

como en este instante.

Persigo su secreto.

Perdí mi caravana

y sé que estoy muy lejos de los oasis.

Dalhir, en cambio, siempre a una igual distancia

avanza con mis pasos, de mí se aleja.

A veces creo que solo existe en mi ilusión.

Pero es tal su presencia,

tanta la claridad de sus tejados.

Anoche hubo una calma inesperada:

no despertó el simún,

y el sol me ha descubierto

dos huellas en la arena:

dos rastros paralelos

y enigmáticos hacia Dalhir.

No la podré alcanzar.

Ciudad errante de cúpulas doradas,

¿no abrirás tus murallas?,

¿no detendrás tu paso?,

¿no lo harías por mí?

Tiempo atrás conocí

a un viejo pescador

de perlas del mar Rojo,

ya ciego por la sal.

Le oí contar historias

de la ciudad errante.

La vio desde el Sinaí.

Describía jardines, calles y fuentes

de la ciudad palacio,

de la ciudad prisión:

nadie puede escapar de su fiesta de luz.

Iré en su busca

para escuchar de nuevo

historias inauditas

de la ciudad de todas

y de ninguna parte.

Itziar Ancín


Haikus para resistirse al otoño

Tras el verano, llega el momento de publicar una segunda hornada de haikus. Están inspirados, en su mayor parte, en instantes mágicos en el Pirineo, a ambos lados de las montañas.

En septiembre del año pasado dediqué una entrada a definir qué es el haiku, esa forma poética tan enigmática y desconocida en Occidente. Para quien desee recuperarla: “Haiku: esencia poética más allá de barreras culturales”.

Grita la marmota.

khendo-khani-serpent

El perfil de un rebeco

Sobre la cima.

 

En el ibón

Una espiral de peces.

Llega la niebla.

 

Ladea el vientohaiku-yukki-yaura

Los suaves edelweiss.

Huye la nutria.

 

Desde el Midi,

Una hilera de buitres.

Círculos negros.

 

Pálido azul.

Más de veinte cigüeñas

Sobre el Gorbea.


Aquella niña

La señorita Paquita es maestra en un colegio público de una ciudad pequeña y recatada. Son los años 80. Un día en clase de lengua, una de sus alumnas escribe un texto que le sorprende enormemente. Asegura que en todos sus años de maestra, ninguno de sus alumnos había combinado las letras con tanto sentido del ritmo.

La pequeña, en su cuaderno de dos rayas, en el que ese mismo curso ha aprendido a escribir, dibuja un cuervo para ilustrar el que fue quizás su primer poema.
Paquita la invita a leer sus versos en la clase de al lado.

“El cuervo negro
Como el hierro.
Al cantar
Fuerte sonar.
Y luego
Un vuelo.”

Un día, muchos años después, cuando Paquita sube a un autobús urbano, le entregan un libro de poemas. Entre las firmas descubre a su alumna con gran alegría.

Han pasado ya 30 años y Paquita se jubiló hace tiempo. Un domingo de julio, pasea agarrada del brazo de una amiga. En la misma acera, frente a ella, una mujer joven tira de una maleta. Ambas se miran a los ojos. Se sonríen. “Es ella”, piensa la una. “Es ella”, piensan. Paquita reconoce en ese rostro de mujer a aquella niña de 6 años. Y la poeta reconoce a su buena maestra.

Gracias, Paquita.

 

el cuervo 1er poema


El tiempo de la luz

Sonreír a la luz

y guiñar un ojo a la oscuridad

saltar de puntillas como un pájaro

y lentamente abrirse

navegar por el brillo como sin darse cuenta

abrir las manos para multiplicar panes y peces

caminar por encima de las nubes

amar sin condiciones.

Desatar un huracán inesperado.

Reírse y olvidar.

Desprenderse del caparazón y de la máscara.

Ser yo sin restricciones.

Prohibir las amarras.

Prohibido dormirse antes de tiempo.

Y proclamar que nunca ya no tenga sentido.


Ausencia

En memoria de Nagore Laffage,
asesinada por José Diego Yllanes en sanfermines de 2008.
Poema basado en la obra teatral “Nagore” de Sandra Arróniz.

Se escuchan los primeros cencerros. Los mozos se agolpan esperando la salida.

Me acaricias la cara, me susurras, me abrazas la cintura camino de tu casa.

Los toros han empezado el recorrido del encierro.

Una vez en tus brazos, maldito encuentro en la calle, me arrancas fragmentos de piel.
Intento huir y me detienes, aprieto los puños y lucho.
Eres más fuerte.
Me detengo un momento. Elevo la cabeza y tomo aire.
Pero tú no guardas para mí aire ni palabras ni compasión.
Solo una ola de golpes, una nube de plástico en mi cara.

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Foto: I. Ancín. El Luto y Nagore en Pamplona, el pasado 3 de julio.

Hombres y toros cuerpo a cuerpo.

Después dirás, jurarás, no recordar nada, no recordar mi voz, mi rostro, lamentarlo todo, estar en deuda…

Soy un grito ahogado inmenso. Ya apenas puedo seguir siendo.
Un dolor profundo en el clamor de la multitud atareada con las fiestas.

El encierro asciende la cuesta de Santo Domingo.

Envuelta y ahogada en mi grito, me doblo, lucho, me estremezco.

Mis dedos se asoman con todas sus fuerzas a la luz.
Estiro mi mano y mi cuerpo, en lucha.

Los toros se acercan ya al tramo más peligroso: la curva de Mercaderes.

Me quedo arrodillada, con mi vestido-piel de enfermera hecho jirones.
Intento estirar y desenvolver mi grito guardado en la garganta.
Lo arranco y lo tomo en mis manos. Pero sigue cosido a mi cofia blanca. Lo despliego, es una prolongación de mi cuerpo, una extensión de mi piel con membranas acuosas de color blanco.
Ahora es visible y se erige en pirámide, en cono horizontal que nace en mi boca, vivo y tembloroso; en gran sombra hecha luz, en silencio ahogado hecho palabra.
Lo sujeto con mis manos y me pongo en pie. Giro en torno a él.
Respiro hondo, tomo aire suficiente para erguir de nuevo mi cuerpo.
Separo los brazos del tronco para aumentar mi equilibrio.
Soy.

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Foto: I. Ancín. La maqueta del grito de Nagore, moldeada por Arróniz en su taller de Huarte.

Pero ya no hay vuelta atrás: los toros han entrado en la calle Estafeta, conducidos a su propia muerte, en la Plaza de Toros.

Tú, ante todos, gemirás y llorarás como un muñeco. En cambio yo, te hago frente, ni si quiera me das miedo. A pesar de que encarnas nuestra peor pesadilla.

36 golpes secos, estruendo de metal frío sobre la tibieza, la blandura de mi cuerpo.
Tapas mi boca para ahogar mi grito y mi vida.
Mi cuerpo te acusa: 33 heridas visibles, 3 heridas invisibles.
Me reclino unos instantes, solo reculo para tomar fuerzas. Pero me tambaleo.
Agonizo pero respiro a través de la membrana acuosa en que se ha convertido mi grito.
Tengo los ojos cerrados.
Me tiemblan las rodillas. Pierdo fuerza, caigo lentamente al suelo.
Cada vez es más escaso el aliento.
Una llamada de auxilio: peligro de muerte.
La vida, con el aire, se escapa lenta de mi cuerpo.
El asesino confeso, el asesino cobarde, sólo recuerda que me mató con sus propias manos.

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Foto: I. Ancín. Nagore sostiene su grito a la salida de los Corralillos.

Y de pronto, me levanto, sostengo mi grito con las manos y camino.
Suspendido en la habitación, pendiente desde mi boca y mi cabeza con sus membranas blancas.
Giro lentamente sobre el eje de mi columna vertebral.
El cono blanco se extiende y se abre sobre sí. Y termina en una boca de pez-nube, en un amplio círculo sagrado, expandido desde mis labios, que ya solo susurran en forma de ausencia.

Mi GRITO se eleva.

Lo contemplo en lo alto con los brazos extendidos, apuntando al cielo.
Me reclino y extiendo mis membranas blancas hacia el frente.
Recojo, de rodillas, mi cono blanco de dolor.
Te miro de frente, aunque ya no me veas.
Me quito la cofia blanca de enfermera. La coloco en el suelo.
Camino despacio. Desnuda, descalza.
Respiro con dificultad, cierro los ojos.

No puedo descansar. ¿Puedes tú?
Mi voz te acompañará. Aunque digas que no me recuerdas. Y mi rostro. Y mi sangre. Y el grito de la multitud:

¡ASESINO!

Te fabricaste conmigo este nuevo nombre, que junto con el mío, también te acompañará SIEMPRE.

Yo, con mi piel desdibujada en las costuras rosáceas de mi uniforme de enfermera, te seguiré envuelta en mi nuevo nombre:

     AUSENCIA

Itziar Ancín

 


Haiku: esencia poética más allá de barreras culturales

Tinta china_HuaYen_001

El haiga es una ilustración que acompaña al haiku.

Esta forma poética surgió en Japón los siglos XVI y XVII, pero hoy se escribe en multitud de lenguas en todo el mundo. Su fuente de inspiración es la naturaleza en cada una de las estaciones, y consta de 17 sílabas, que se despliegan en dos partes íntimamente relacionadas. En una de ellas, se apunta la ubicación espacial, que suele presentar una imagen de carácter estático, y en la otra, una imagen que incluye acción o movimiento. El efecto fundamental del haiku surge de la confrontación entre ambas partes.

Como indica el experto español Fernando Rodríguez-Izquierdo, “el momento estético de creación del haiku brota de una total unidad de percepción del poeta con   la naturaleza”. El haiyín o escritor de haikus se vacía de sí para poder transmitir una experiencia tan humana y universal como la maravilla que produce la naturaleza, a través de un poema sugerente y conciso en el que su autor pretende no dejar su huella.

En esta dirección, el indio Angelee Deodhar destaca que el haiku “comunica una experiencia en la naturaleza, vincula el ambiente interior del poeta con el ambiente exterior, para crear una resonancia en el lector que trasciende las barreras socio-culturales y lingüísticas”. O la australiana Vanessa Proctor recalca que “‘el momento-haiku’ expresa la universal experiencia humana que penetra a través de las fronteras culturales”.

En esta entrada comparto mis primeros pasos en el mundo del haiku y aprovecho para agradecer al grupo Haikunversaciones (http://haikunversaciones.wordpress.com/) de Pamplona, especialmente a Pedro Yama y a Carmen García, todo lo que me han enseñado acerca de esta singular esencia poética.

Sombra en el río.
Libélulas azules
sobre los juncos.

Ibón rojizo.Hakuin-vakok
Se escapa la marmota
montaña arriba.

Sol de la tarde.
Pisadas de rebecos
sobre la nieve.